Marta Silvestri: Los huevos revueltos y el rock
En el fondo se escuchaba el canto de los pájaros. El sol comenzaba a salir y el aroma fresco de la grama recién mojada entraba por la ventana. Se levantó como siempre y al mirarse en el espejo dejó caer su rostro entre sus manos. No era posible, ya le habían dedicado la canción de Arjona. Señora de las cuatro décadas y aún no sabía cómo describirse a sí misma. Lo único que estaba claro era que si alguien buscaba la definición de complaciente en el diccionario aparecería su nombre con todo y apellido materno.
Mientras salía con Juan, su música favorita era el jazz. Le encantaban los huevos a la ranchera y escalar montañas los fines de semana. Después, cuando conoció a Sergio le gustaba la música brasileña y los huevos tibios. Los sábados hacían ejercicio juntos y la pasaban de maravilla. Dos años después apareció Giacomo, juntos escuchaban ópera y pasaban las tardes discutiendo cuál de todas era la más maravillosa. Los domingos disfrutaban juntos de unos huevos benedictinos que según comentaban, eran un manjar digno de reyes.
Cuando su madre enfermó, organizó su tiempo de manera que pudiera visitarla todas las tardes. Se encargaba de comprar sus medicinas. Hacía las compras del supermercado y llevaba la ropa a la lavandería. La llevaba al médico y al salón de belleza para levantarle el ánimo. Cuando la salud de su madre mejoró, los jueves por la tarde la llevaba a su club de lectura y una vez al mes a su cuchubal.
Para sus amigas era incondicional. Cuando a Ceci la despidieron del trabajo, pasaron horas de horas llenando interminables solicitudes de empleo. A Sofía la dejó su novio de tres años y las lágrimas de su amiga cayeron en su hombro durante cuatro meses consecutivos. Y fue la dama de honor de Silvia, cuando después de seis años de noviazgo, Jorge Mario le propuso matrimonio.
Levantó su rostro y con valentía se vio nuevamente en el espejo. Ya era hora. No podía pasar un día más sin saber qué le gustaba. Qué le gustaba a ella, no a los demás. Ese día sería sólo para ella. Y qué, si Sofía tenía novio nuevo. Buscó entre los muebles de la cocina el libro Aprendiendo a Cocinar y decidió preparar absolutamente todas las recetas de huevos que encontrara. Mientras cocinaba, escuchó toda clase de música. Jazz, bossa nova, clásica, pop, rock, toda la música que tenía en su haber.
Ya en la tarde, con el estómago algo descompuesto y el cerebro tupido de tanta música, se sentó satisfecha en la mesa. ¡Sí! Había logrado su objetivo. Averiguó que odiaba los huevos benedictinos y que la música brasileña le provocaba náusea. Sabía que esto era sólo el principio. Que la esperaba un largo camino pero estaba dispuesta a recorrerlo. Con mucha satisfacción descubrió que sus huevos favoritos eran sencillamente revueltos y su música favorita era el rock.
Fotos
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Ilustración: Alejandro Azurdia/s21
Recuadros
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Marta Silvestri
Es maestra de gramática y literatura en inglés de profesión. Su amor por la lectura la ha llevado a explorar la escritura escribiendo cuentos.
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