Editorial
Serios retos para mejorar la imagen del Legislativo
El Congreso de la República es uno de los tres organismos del Estado sobre el cual se posan los ojos en virtud de que representa la soberanía de los ciudadanos.
Por excelencia, se considera una institución de prestigio, de muy alto nivel, y es por ello que quienes resultan electos para ocupar sus curules, incluso reciben el calificativo de “dignatarios de la nación”.
A esos personajes también se les conoce como “representantes del pueblo”, y hasta se les denomina “padres de la patria”.
Pero una cosa es lo que se dice o se espera de ellos, o lo que debieran ser, y otra, lo que realmente son, pues hay sobrados ejemplos de conductas que los ponen en muy mal predicado.
Claro: nunca es bueno generalizar, pues en el seno del Parlamento también hay figuras prominentes, aunque pocas, que dignifican la actividad legisladora y se constituyen en honorables personajes que merecen el máximo respeto.
Respecto de lo malo, se habla de acciones negativas que tienen relación con la personalidad de dichos protagonistas y su proyección en sociedad.
Pero también debe repararse en hechos perversos que esos mismos personajes impulsan para crear esquemas o sistemas que propician la corrupción.
En esta última parte cabe la mención de situaciones como el exceso de asesores para algunos diputados, el despilfarro en gastos de cajas chicas, la ociosidad de por lo menos 16 comisiones, entre múltiples problemas señalados en esa entidad.
No se trata de problemas surgidos recientemente, pues datan de mucho tiempo atrás; lo nuevo es el desafío para quienes dirigen el Legislativo, en particular, para su presidente, el oficialista Gudy Rivera.
Expertos consultados por Siglo.21, para efectos de un ejercicio periodístico, advierten que el representante en cuestión es consciente de los problemas a que se debe enfrentar, a lo cual se suma su manifiesta intención de que pondrá coto a aquellas acciones que signifiquen conductas que riñan con la ética y la Ley.
Aun así, habrá que ver cuán reales son sus propósitos y hasta dónde podrá frenar un fenómeno que se asienta sobre la mayoría de dependencias públicas.
Frenar el exceso de contrataciones, disminuir los gastos superfluos o hacer que los integrantes de las salas legislativas trabajen no es tarea fácil ni exclusiva de Rivera.
Por tal motivo, si es genuino el interés por sanar los males del Parlamento, lo indicado será buscar en consenso medidas orientadas a ese fin, de tal forma que se vuelva una tarea colectiva y no de una sola persona.
Si la lucha es realizada por un solo individuo, habrá que recordar que “una golondrina sola no hace verano”, tal como cita el refrán popular.
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