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El elegido

Este fragmento pertenece a la más reciente obra publicada por Rafael Romero, escritor guatemalteco radicado en España y autor, entre otros, de la revista literaria digital Te prometo anarquía, en la cual publica a noveles escritores nacionales. La portada de El Elegido está diseñada por André Gribble. La obra se puede adquirir en rafaelromero.bubok.com. 

El elegido
ilustración: Alejandro Azurdia

Un trato era un trato. Y el trato había sido claro: Bartolo tenía que ayudar a mi tía Güicha a llevar los canastos del atol, los elotes para asar, las tostadas, los rellenitos, los chuchitos, los güisquiles cocidos y demás comida que ella y mi prima vendían en una esquina, casi llegando al Parque Central, por la 4a. avenida y 5a. calle. Subir las cosas a una carreta y llevarla jalada todas las mañanas. De ahí, irla a traer por la tarde, tipo seis, seis y media. A cambio, Bartolo tenía techo “seguro”. Mi tía Güicha dejaba que pasara las noches en una covachita que tenía en el patio de la casa. Aparte de guardar babosadas viejas y leña, también metían la carreta.

Ese era el trato.

—Dios se lo pague nía Güicha —dijo Tolo esa vez mientras se agachaba haciendo una de esas reverencias que hacen los ruquitos cuando lo saludan a uno; yo no le voy a dar problemas, ¿oye?

Eso sí, Tolo no era el único inquilino. En un rincón se mantenía echada una chucha negra con manchas grises y la cola pandeada, siempre entre las patas. Yo no sé de razas, pero ahí en la casa decían que no era tan rascuache. Se la regalaron al difunto marido de mi tía. El don murió de darle duro al guaro, igual que el Tolo, sólo que él casi ni salía, chupaba ahí adentro, solo o con quien viniera a verlo, dos o tres señores de esos tahúres y mujeriegos amigos suyos. Desde que le amputaron el pie derecho (le cayó gangrena una vez que se cortó con la punta de una lámina en el puerto) sólo se asomaba a la ventana a ver pasar gente con cara de retrasado mental y a recibir las tortillas; de ahí, se mantenía aplastado en un sillón, viendo tele y echándose los tapis. Octavo tras octavo el día se le pasaba volando. Cuando sintió, ya tenía la panza como que era gorda embarazada de trillizos. Se le pusieron amarillos los ojos y cuando sentimos, acabó don Pepe, pues.

Tolo y Karina, así se llamaba la chucha, se encariñaron. Tanto, que Tolo la usaba más o menos de almohada. Cuando Tolo estaba ahí metido la chucha se echaba en la puerta, y si alguien que no fuera de la familia de mi tía se acercaba empezaba a ladrar y enseñarle los colmillos. Entre canastos, cubetas, leña y cachivaches de todo tipo, Tolo tenía un su petate y una mochila azul donde guardaba un poncho y un par de colchas viejas. Cuando lo echaban de las cantinas y ya nadie le quería dar fiado ni siquiera un vaso de agua, Tolo se venía y se metía en la covachita. Cada vez que entraba se santiguaba. Sabía de sobra que a los que dormían en la calle se los llevaba la chingada. Ese era su único consuelo.

De lo poco que se sabía de Bartolo, aparte de que no era de la capital, era que la hacía de cargabultos en el mercado. Comía una vez al día, en el comedor de doña Josefina, que le juntaba todo lo que no vendía del almuerzo y se lo guardaba en bolsitas plásticas y papel de envolver. En algún pasillo del mercado lo conoció mi tía Güicha.

Saber qué le habrá visto, pero le cayó bien. De ahí salió el trato.

 

* * * 

Viéndola de frente, en la casa se podía entrar por dos puertas. Una, la principal, que daba a la sala, y otra, cinco metros a la derecha, que daba al patio. Por dentro había otra puerta que comunicaba la cocina con el patio. Sabiendo que Tolo podía caer por la noche, mi tía decidió no poner la tranca en una de las puertas de la calle, la que daba al patio. Eso sí, la puerta de adentro la sellaba como si fuera un mausoleo. Con llave y dos pasadores grandotes, de los buenos.

Pasara lo que pasara en el patio, la casa seguía segura.

Bartolo era consciente de eso y, como armar vergueos no era precisamente lo que le gustaba, quería corresponderle el favor a mi tía y no hacer en el patio una que no sirve. Podía ser un charamila, pero era bien derecho con los que lo ayudaban.

—Por eso no dejo que nadie me siga, nía Güicha; si no, olvídese —le decía.

Mi tía era tan buena que no decía nada cuando Tolo no aparecía un día o dos (a veces se quedaba tirado en alguna banqueta o debajo de las bancas de los parques) o cuando de la gran papalina que llevaba no podía ni sentarse.

—Yo que vos —decía mi prima— lo guacaliaba. Si querés le doy un su par de escobazos a ver si reacciona, mama.

Mi tía decía que no, meneando la shola.

—Es que esa carreta cómo pesa mama, y ahora la tengo que empujar yo, ¡ve qué dia sombrero! —se quejaba, arrugando la frente y resoplando.

—Dejalo hombre, ahí entre las dos la llevamos, no te preocupés —le contestaba mi tía.

Como cuando lo del Mitch, los pedazos de machimbre y las láminas se le podían venir encima y el pazguato de Tolo no sentía. La Ana, mi prima, se hartaba de tratar de despertarlo y, como ya era tarde, se iban ellas y lo dejaban ahí roncando, con la jeta abierta y la cara refundida entre las colchas y entre las patas de la Karina. La cosa es que el pisado ni a patadas se movía. Si no fuera por los ronquidos y una baba brillante que se le juntaba en la orilla de los labios, casi siempre hinchados, cualquiera diría que ahí mismo se había quedado.

Pero a mi tía Güicha como que se le acabó la paciencia. Las babosadas siempre tienen un hasta aquí y el trato, el mentado trato, se fue a la quinta eme la vez que Bartolo no apareció un día y de ahí ya no se supo nada de sus huesos.

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    ilustración: Alejandro Azurdia

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