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Cárcel de árboles

Este fragmento pertenece a Rodrigo Rey Rosa, Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias 2004. La obra fue escrita originalmente en 1991 y  reimpresa el año pasado por Editorial Cultura.

Rodrigo Rey Rosa

Cárcel de árboles
Ilustración: Alejandro Azurdia /S.21

El doctor William Adie, médico practicante y residente en Gallon Jug, dormía el sudoroso sueño de la siesta cuando lo despertaron gritos de los niños. Los oía correr de un lado para otro frente a la vieja casa que servía de hospital. El doctor Adie se levantó del camastro y acercó la cara al cedazo de la ventana, que olía a óxido y a polvo.

–¿Qué pasa? –preguntó en español, porque estos niños no eran negros y hablaban poco inglés. Los niños respondieron todos a un tiempo, y el doctor Adie no entendió más que tres palabras, “hombre”, “río”, “morir”.

–Ahora voy.

Se mojó la cara en la palangana que usaba como lavabo, se puso la camisa, todavía húmeda, y salió al corredor.

Los niños, que eran cinco, trotaban delante de él por el polvoriento camino que llevaba al río. El doctor conocía a los niños, porque  de vez en cuando llegaban a la clínica para ofrecerle cangrejos, o pescado. El río, que se llamaba Azul, era marrón. Se deslizaron por el declive bajo el puente, y anduvieron algunos metros por el maloliente fango de la orilla.

En un estrecho claro entre los mangles, en posición fetal, inmóvil y palúdico, yacía el hombre. Su pelo largo y su desnudez hicieron que el doctor pensara en un lacandón; pero cuando le dio la vuelta y le vio la cara decidió que se trataba de un enfermo. Con los brazos cruzados sobre el vientre el hombre apretaba un cuaderno de pasta negra que el doctor no le pudo arrancar.

Ayudado por Dandy Walker, un fornido negro y el mecánico local, el doctor Adie transportó al delirante hombre del río al hospital.

–The nigger sure needs a bath –dijo Dandy Walker, quien había logrado extraer el cuaderno del abrazo del hombre y comenzaba a hojearlo–. ¿Usted lee el español, doctor?

–Muy poco –dijo el doctor.

Bañaron al hombre en la pila del patio. Después de desinfectar heridas y rasguños en los brazos y las piernas del hombre, el doctor Adie le cortó el pelo y le rasuró la cabeza.

–Alguien hizo de su coco un colador  –dijo Dandy Walker cuando vio la red de cicatrices que marcaban la cabeza del hombre.

El doctor Adie entró en la casa y regresó al patio con una bata vieja.

–Abrió los ojos –le dijo Dandy Walker–, pero al verme los volvió a cerrar.

Le pusieron la bata al hombre y 1o llevaron a un pequeño cuarto con una colchoneta y barrotes en la ventana.

El doctor Adie se despidió de Dandy Walker y cerró la puerta del hospital. Luego se dirigió a la oficina de correos, donde puso un telegrama para el doctor Dax, del departamento de neurología del Hospital General de Belice, en Belmopán. El doctor Adie iba a enviar al enfermo a Belmopán con la avioneta de la compañía maderera, que paraba en Gallon Jug todos los miércoles. Tendría que pasar la noche con el enfermo, pensaba el doctor Adie, y la idea no le parecía divertida. Los tabiques del cuartito donde lo había puesto eran más fuertes que los de su propio cuarto, pero el enfermo, si se ponía violento, no tendría gran dificultad para tumbarlos.

De la oficina de correos el doctor Adie fue a la comisaría. El sargento estaba ocupado fumigando un cajón de su escritorio que las hormigas habían invadido.

–Aquí no hay dónde encerrarlo solo –dijo el sargento–. Pero en el cuartel tienen celdas. Si me espera un minuto voy con usted.

Cuando el doctor Adie abrió la puerta del cuarto del enfermo, lo vio que estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia afuera.

–Good evening –dijo el doctor  y luego en español–: Buenas tardes.

El enfermo se volvió. Asintió con la cabeza y produjo un sonido incomprensible.

El sargento entró en el cuarto detrás del doctor.

–Comprende, ¿no? ¿Cómo se llama? –el sargento le preguntó al enfermo.

El enfermo  volvió a asentir con la cabeza y luego la ladeó.

–No puede hablar –dijo el doctor.

El enfermo sacudió la cabeza y dio un paso hacia el doctor.

–Yu –dijo. –Yu.

Con el índice derecho hacía signos en la palma de la otra mano.

–¿Quiere su cuaderno? –le preguntó el doctor. 

El enfermo asintió. 

El doctor Adie fue por el cuaderno. Buscó en el escritorio, en el recibidor, en el patio, en el cuarto de baño, y no lo encontró. 

–Tendrá que esperar hasta mañana –le dijo el doctor al enfermo–. Pero le doy mi palabra que lo va a recobrar.

–El enfermo seguía describiendo signos con el índice.

–No –le dijo el doctor–. Hoy no.

El enfermo se golpeó la palma con el puño. Se volvió contra la pared y comenzó a rayarla con la uña. El sargento se le acercó por detrás

–¡No! –repitió, y lo cogió por la muñeca.

El enfermo se dio vuelta y empujó al sargento contra el doctor.

–Take it easy, cabrón –dijo el sargento

El enfermo retrocedió hasta pegar la espalda en la pared del fondo. El sargento iba a sacar la pistola.

–Voy a darle un sedante –dijo el doctor Adie–, y luego 1o llevamos al cuartel.

El enfermo se negaba a ingerir las pastillas; así que el doctor le puso una inyección. Después salieron camino del cuartel. El enfermo iba entre el doctor y el sargento, con los brazos en cruz, tambaleándose. Atravesaban una especie de corral, al fondo del cual estaba una barraca verde, cuando un enorme perro negro atado a un árbol de mango comenzó a ladrar. Se abrió la puerta de la barraca y el capitán, con la camisa verde oliva medio abierta, apareció en el umbral. El enfermo hundió los talones en el suelo, retorciéndose, y logró soltarse del sargento y del doctor. Echó a correr hacia la calle, y el doctor y el sargento corrieron tras él. Lo alcanzaron a los pocos metros. El sargento le dio un puñetazo en las costillas, y el enfermo dejó de forcejear. Lo arrastraron hasta una celda de bloque en la parte trasera del cuartel.

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