Retrato de un país escindido
El autor de esta obra, escribe Eddy Roma, integra lo que le dio su natal Agua Blanca con lo mejor de Santiago Atitlán.
Sierra Madre. Pasajes y perfiles de la guerra revolucionaria, Pedro Pablo Palma Lau (Comandante Pancho), F&G Editores, 2010, 210 páginas. Visite fygeditores.Com.
Martes 29 de marzo de 2011, 6:30 p.m. Entrada libre. Lectura de
fragmentos de “Sierra Madre. Pasajes y perfiles de la guerra revolucionaria”
por su autor, Pedro Pablo Palma Lau (comandante Pancho), en Librería Sophos
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En prosa sobria, con citas y reminiscencias de César Vallejo y Gabriel García Márquez, el excombatiente Pedro Pablo Palma Lau (Quiriguá, 1952) refiere en Sierra Madre. Pasajes y perfiles de la guerra revolucionaria los años que pasó en la clandestinidad y en campamentos situados en la zona montañosa del occidente del país, con el nombre de Comandante Pancho, al mando de una columna de la Organización Revolucionaria del Pueblo en Armas (ORPA). Su testimonio, junto a los publicados por Mario Payeras, César Montes, Yolanda Colom, Gustavo Porras Castejón y Ana María Gudiel García, rehace una época en que, según el lente con que se estudie, no quedó otra opción que tomar las armas para combatir la injusticia que asolaba al país desde tiempos prehispánicos, fue un proceso que salvó a Guatemala de la temible amenaza del comunismo internacional, o representó una pérdida irreparable de materia gris a causa del exilio o la inútil matanza de cientos de cerebros y miles de personas víctimas de la maledicencia ajena.
Memoria permanente para quienes desafiaron al terror estatal, lejana referencia para los que padecen la violencia de hoy, Palma Lau ofrece su versión de las causas del conflicto. “La guerra correspondió a causas históricas y estructurales, especialmente a la actitud de quienes querían, contra viento y marea, conservar sus tradicionales privilegios”, escribe. A quienes la objeten, “estas buenas conciencias antimilitaristas”, “hay que preguntarles quiénes organizaron, armaron y le dieron el control del Estado al Ejército, para negar a sangre y fuego las exigencias siempre postergadas de los trabajadores y de los indígenas”.
Oriente y Occidente: he ahí los eternos opuestos de Guatemala en materia de idioma, terreno y población, una península balcánica en miniatura donde las fallas y tensiones emergen con rudeza que demora años en consumirse. Con raíces familiares en Agua Blanca, departamento de Jutiapa, la militancia guerrillera de Palma Lau le permitió convivir con los tz’utujiles de Santiago Atitlán. Del aspecto caluroso y reseco del paisaje de infancia pasó al verdor que rodeaba al lago de Atitlán, la majestuosidad de sus volcanes, lo inaccesible de algunos de sus parajes y la religiosidad que ningún manual de materialismo dialéctico consiguió desterrar de los combatientes. El campamento tuvo indicios de las visitas de Maximón, la deidad atiteca, para resguardarlos. La tropa disminuía en cantidad durante las épocas de Navidad y Semana Santa. Tantos eran los permisos que se pedían para visitar a la familia por unos días. Ateo confeso, Palma Lau volvió a rezarle a su ángel de la guarda el día en que estuvieron a punto de registrarle su vehículo, con dos costales repletos de armamento y municiones, en “un desmesurado retén policíaco”. Y sin proponérselo, las zonas controladas por la guerrilla se convirtieron en áreas protegidas que contuvieron por un tiempo la depredación de los bosques y la cacería indiscriminada de los animales que los habitaban. Tirarse a rumbo después de pelear contra un helicóptero los llevó a toparse con un bosque de fósiles vivientes donde “las coníferas habían perdido su forma arbórea para convertirse en pesadas rocas de color plomizo, regadas en el suelo como una manada de dinosaurios dormitando”.
4. Si bien en lugar de “ese nuevo amanecer con el que soñaron estos pueblos” se vivió “una larga noche de horror y exterminio, que alteró la geografía social como nunca antes desde la conquista”, Palma Lau resalta que a pesar del dolor existe un balance positivo: “La guerra también alteró la geografía ideológica racista del país. Ya no más el indito sumiso y sometido, está el pueblo maya consciente de su identidad y de sus derechos”. Y de esa etapa obtuvo una síntesis personal, que lo reconcilia con su tierra de origen: “Ahora sé que no puedo negar mi condición de oriental y de ladino y que sencillamente tengo que integrar lo que me dio Agua Blanca y fundirlo con lo mejor que me dio Santiago Atitlán”.
Fotos
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Ilustración: Alejandro Azurdia
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