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Eddy Roma

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Novela a cuatro personajes

El elegido, reseña Eddy Roma, registra la vida que bulle con efusión propia en los sectores populares.

El Elegido, de Rafael Romero. Bubok, 2011. 155 Páginas. La novela, a la venta por internet, se promocionará el sábado 14 de mayo, a las 4:30 P.M., en casa de la Concepción Café-Bistro (barrio de la Concepción, callejón el sol, no. 11, Antigua Guatemala). Visite rafaelromero.Bubok.Com.

 Novela a cuatro personajes
I: Alejandro Azurdia/S.21

En Guatemala se acostumbra a levantar bolas acerca del prójimo. Y a quedarse con una versión parcializada e incompleta de la historia, a menos que ocurran esas coincidencias tan propias del cine o que se reúnan todos los documentos y puedan estudiarse como ocurre con El elegido, primera novela del narrador y poeta Rafael Romero (Jocotenango, 1978).

Al comienzo, el personaje central de El elegido es un charamila llamado Bartolomé López, Bartolo para sus conocidos. Pese a su condición, no resulta indiferente a quienes lo conocen. “Aunque era callado y reservado, había días en que le gustaba platicar al pisado y te dabas cuenta de que mala persona no era”, lo recuerda el Tuco, hijo del dueño de la cantina Aquí nacen los campeones. “Mi primo era chaparrito y moreno y el Tolo era alto y blanquito; como que venía de buena familia el fregado”, dice la Chata, sobrina de la señora a quien Bartolo ayudaba a empujar la carreta con las compras del mercado. “Viéndolo bien, tenía un aire como de Rasputín”, apuntará el psicólogo que lo visitará en el preventivo de la zona 18. Los tres se encontrarán con Bartolo en distintas etapas de su existencia, conocerán su historia a fragmentos y cuestionarán la veracidad de algunos pasajes. Como sucede con la información reunida a medias.

Y estos personajes adquirirán su propio espacio a lo largo de la novela. Se adelanta esta prevención por aquello de que se piense que el argumento carece de unidad. La conducción del programa siempre regresa a Bartolo, quien un día de tantos resulta elegido para padecer ese instante en que sus hábitos se ven alterados por una serie de acontecimientos que lo empujarán a la enfermedad, la demencia y la cárcel. Estos datos, que a medida que avanza la novela se contradicen o se confirman, aportan la ambigüedad que suele pedírsele al relato. El lector se declarará convencido o dudoso, según sus conclusiones. Los personajes, en cambio, se quedarán con un retrato incompleto. Y mientras especulan acerca de la suerte de Bartolo, hay espacio para enterarse en qué circunstancias viven, cómo se ganan la vida y cuáles son sus fantasías eróticas.

La novela, según se practica en El elegido, registra la vida que bulle con efusión propia en los sectores populares, antaño el resguardo de las tradiciones, hoy arruinados. Instalado desde hace algunos años en Madrid, Rafael rehace a larga distancia el habla del mestizo guatemalteco residente en ciertos sectores de la capital. Y reta la disposición según la cual el relato en español debe escribirse de modo que pueda entenderse aquí y en San Pedro de Macorís, Barquisimeto y Pedro Juan Caballero. El Tuco, al verse en apuros minutos después de violar a una borracha, pensará: “Uno cuando está echado en la cama o en el sillón de la sala sobándose los huevos o sacándose los jutes de la nariz, se imagina el montón de mierdas que podría hacer en casos como éstos, o incluso en peores, y todo sale a pedir de boca, todo sale fácil. No falla nada. Y si llega a fallar algo, ya tenemos listos los planes B o C. Pero a la hora del mero pijeo, quedamos como unos perfectos huecos, como unos miedosos pa’qué vergas… como unos inútiles”. 

El psicólogo renegará de la labor de oficina y emitirá un manifiesto según el cual: “Prefiero las paredes manchadas de negro, las casas mal hechas, las tiendas repletas de rótulos y carteles, las cantinitas de mala muerte, las cortinas rojas ondeando en las puertas, los grafitis, las calles con hoyos y las banquetas con chicles, basura y escupidas”.

Y la Chata, aparte de describir un almuerzo al mediodía, retrata el estado de ánimo imperante en cualquier tiempo y lugar: “El caldo de pata estaba rico, con limoncito y chile. Además, mi tía había hecho picado de rábano y de pacaya. Con la Kaibil Balam echando punta en la sala, nos sentamos a almorzar las tres: la Ana, mi tía y yo. Hablamos de todo un poco. De la violencia, de lo difícil que se estaba poniendo salir a la calle, de que el pisto ya no alcanzaba para nada, lo de siempre”.

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