La señora del gabán rojo
Este fragmento pertenece a Mañana nunca lo hablamos, la nueva obra del guatemalteco Eduardo Halfon. El libro, publicado por la editorial española Pre-Textos (pre-textos.com), estará a la venta en librería Sophos (sophosenlinea.com) a partir de la segunda quincena del mes.
Desde lejos se oían las marimbas. Mi papá había estacionado la camionetilla Volvo color verde jade en la Séptima avenida, y pese a sus advertencias de llegar todos juntos –de esperarlos a él, a mi mamá y hermanita–, mi hermano y yo ya caminábamos deprisa hacia el enorme galpón de columnas y vigas de madera y techo de tejas rojas, hacia el aroma de humo dulce y carne asada, hacia la música de las marimbas.
* * *
–Hay que llegar todos juntos –rugió mi papá–. No así, puros animales.
–Vamos, niños –dijo mi mamá, cargando a mi hermanita de tres años y arreándonos medio forzosamente hacia una mesa, para nuestra desventura, lejos de las marimbas.
Cada domingo se repetía el ritual. Nos íbamos a la mesa con mi mamá mientras mi papá saludaba a sus amigos y conocidos en el camino, en las demás mesas; nos sentábamos asegurándonos de dejarle a él la silla con mejor vista hacia la puerta principal («me gusta ver quién entra»); mi hermano y yo pedíamos y de inmediato nos tomábamos nuestra única (regla inquebrantable) gaseosa del día; y luego quietos y bien portados hasta que al fin se aparecía mi papá, contento, siempre con la misma pregunta:
–¿Saben qué quieren comer?
Mi papá llamó al mesero y le ordenó porciones de lomito y puyazo, guacamol, cebollitas asadas, un canasto de pan con ajo. El mesero se llevó las dos botellas vacías. Por debajo de la mesa mi hermano me pateó.
–¿Ya? –pedí permiso.
Mi papá frunció un poco el ceño, sacudió la cabeza.
–Diez minutos –dijo con disgusto, y mi hermano y yo sonreímos y empujamos nuestras enormes sillas blanquinegras y salimos corriendo hacia la esquina donde estaban las marimbas.
No nos gustaba la música de las marimbas. O no tanto. Nos gustaba ver a los marimbistas, ver las baquetas en movimiento de los marimbistas, ver la coordinación casi perfecta de las baquetas de guayabo y hule en las manos de aquellos hombres uniformados, morenos, sin ninguna expresión en sus rostros.
Había cuatro hombres: dos por marimba. Uno quizás era ciego o quizás era medio ciego (tenía la mirada lechosa), pero movía las baquetas igual que los otros tres. Nos quedamos frente a ellos, mirándolos en silencio, fascinados en silencio, hasta que de pronto terminó la pieza y el tipo medio ciego se metió una de las baquetas en la boca y se puso a morder frenéticamente la bolita de hule, y al mismo tiempo oímos detrás de nosotros los gritos de mi papá. Nunca bastaban aquellos diez minutos.
–Siéntense, niños –dijo mi mamá–, que se enfría la carne.
En mi plato humeaba el lomito, la papa con mantequilla, el elote asado. Ya me dejaban usar cuchillo de sierra.
Con orgullo, con atención, me puse a cortar mi trozo de lomito.
–Esa señora, allá, la del gabán rojo –susurró mi papá, pero no supe si a mí o a mi mamá o a la mesa entera. Y luego, señalando con el mentón hacia la puerta de entrada, volvió a susurrar: –fue una de las guerrilleras que secuestró a mi papá.
Empezaron las marimbas.
Yo tenía casi nueve años y sabía algunos detalles del secuestro de mi abuelo: detalles sueltos, deshilvanados, irracionales. Sabía que había sucedido cuatro años antes de que yo naciera, en el 67. Sabía que los secuestradores, debido a la piel de mi abuelo tan pálida que hasta parecía rosada, habían bautizado aquel rapto «La Operación Tomate». Sabía que sus secuestradores le preguntaban cada noche qué quería cenar y que mi abuelo entonces les pedía una pizza de Vesuvio, con anchoas. Sabía que en las tardes sus secuestradores lo retaban a partidas de dominó y que él los dejaba ganar. Sabía que mi abuelo había obsequiado a sus secuestradores dos plumas fuente incrustadas de oro que llevaba con él. Sabía que, después de treinta y cinco días de negociaciones, se pagó un alto rescate. Sabía que mi abuelo volvió caminando a su casa en la avenida Reforma, su dinero aún completo en la cartera, su anillo de tres quilates aún intacto en el meñique izquierdo. Y sabía poco más. Pero a esos secuestradores siempre me los imaginé como uno, de niño, se imaginaría a los villanos: malolientes, gordos, peludos, sin dos o tres dientes, con rostros aceitosos y llenos de verrugas y granos y cicatrices. Jamás me imaginé a una señora. Mucho menos a una señora hermosa, emperifollada, tan soberbia en su gabán rojo.
–¿Quieren pan con ajo, niños? –preguntó mi papá, ofreciéndonos el canasto.
Alargué la mano. Agarré un pan duro y grasoso y no calculé bien y le di una mordida demasiado grande. Me quedé masticando con dificultad, con la boca medio abierta, mientras la señora del gabán rojo saludaba a la gente y se reía con la gente y parecía flotar hacia su mesa al lado de las marimbas.
Fotos
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I: Alejandro Azurdia/S.21
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