Sí, llegó el tiempo de Mahler
Cuando se va a cumplir un siglo de la muerte de Mahler, su música, reexaminada, está más vigente que nunca.
Hace poco desbancó a Beethoven como el músico más interpretado en los auditorios. No hay director serio dedicado al repertorio sinfónico que no pase el examen de sus contraposiciones armónicas, de sus paseos por el cielo y el abismo lleno de matices. Hoy, cuando se van a cumplir 100 años de su muerte –el 18 de mayo–, la música de Gustav Mahler está más viva y vigente que nunca.
Sus piezas tienen capacidad de turbar a estadistas, gobernantes y poetas con su verdad alejada de los eufemismos. Autor irónico en su sensibilidad y su juego de sonoridades, las obras de Mahler describen el desorden del mundo, y con ello ha influido de manera absoluta y directa en todo el concepto contemporáneo de espectacularidad como en los caminos del jazz, el rock y las bandas sonoras –desde John Williams, de La guerra de las galaxias, hasta los juegos sinfónicos de Pink Floyd y los brillantes experimentos de Uri Caine–. En su música se puede leer a Freud –quien lo trató en vida–, a Nietzsche, a Schopenhauer y trazar paralelismos con las estelas de los narradores más revolucionarios de su época y escrutar la teoría de la relatividad, porque es subversivo y esperanzador, corpóreo, epidérmico y trascendental en un mismo compás. “Mi tiempo llegará”, solía clamar cuando se sentía despreciado por críticos y directores de orquesta. Su tiempo era el futuro. Fue visto y anunciado por los radicales, a los que apoyó sin dudarlo.
Elegante y magnético, nervioso y entregado, Mahler no necesitaba mucho tiempo para engalanarse. Adornaba con discreción su metro sesenta de estatura, pero cuando entraba en un café a tomarse una cerveza por la noche –uno de sus placeres–, las cabezas se tornaban. Y en las tertulias sorprendía su tono de voz: barítono cuando estaba relajado y tenor si se encontraba inquieto.
¿Estaba loco? Era una pregunta muy frecuente. Muchas veces se mostraba irascible y sus estados de ánimo oscilaban entre la euforia y la depresión. Pero amaba la vida, y cuando se sentía realmente hundido encontraba esperanza en la mera melancolía. “La tristeza es mi único consuelo”, llegó a escribir. Lo demostró de manera explícita y grandiosa en su Segunda y Tercera sinfonías, en el Adagietto de la Quinta y sobre todo en la Novena y la inacabada Décima, escritas con anotaciones de desesperación vital y amorosa al margen por una profunda crisis con su esposa, Alma.
Fotos
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F: gustav-mahler.es
Recuadros
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HUELLA DE DIRECTOR
Nació el 7 de julio de 1860 en Kalischt, ese mismo año sus padres se trasladan a Iglau, hoy Jihlava, perteneciente a Bohemia, una de las tres regiones históricas que componen la República Checa.
Hijo de unos taberneros, pasó la infancia traumatizado por la muerte de muchos de sus hermanos. Su huella como director de orquesta es fundamental. Su legado creció a partir de la Segunda Guerra Mundial. Hoy, la prueba Mahler es el certificado por el cual debe pasar cualquier gran orquesta o director.
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Voz
En las tertulias era: barítono cuando estaba relajado y tenor si se inquietaba.
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