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Rafael Romero: Memoria anticipada del recluso de las noches largas

Cuento extraído del libro Génesis y Encierro del guatemalteco Rafael Romero. Editorial Cultura.

Rafael Romero: Memoria anticipada del recluso de las noches largas
I: Alejandro Azurdia/S.21

Es un pasillo no tan angosto, pero sí prolongado en una casa con jardines y árboles rodeando un amplio patio. Más bien es un corredor de unos treinta metros de largo. Mi cuarto está ubicado más o menos al final y tengo que caminar todo el corredor para llegar a él. Por las noches, la única luz que me alumbra desde la entrada de la casa es la de la luna. Los cielos nublados dificultan el trayecto. Sin embargo, a mis años, conozco el camino de memoria. Sé dónde hay columnas, macetas, gradas, sillas, losas rotas.

Al entrar, respiro con alivio, enciendo la luz y me desvisto. Me siento en la cama, cierro los ojos y, con la mente en blanco, me dejo caer y busco estabilizar mi taquicardia. A veces leo. A veces sólo quiero dormir y olvidarme de todo. A veces abrazo mi propio cuerpo y en voz baja pronuncio frases que me alientan. En algún momento de la madrugada, abro los ojos, me quito las sábanas lentamente y, sigiloso como una araña, salgo de mi cama y en plena oscuridad voy hacia la puerta. Ya sé que afuera está él, respirando el aire fresco del patio, fumando, caminando por el corredor sin alejarse de mi cuarto, oyendo el ladrido de los perros, el canto lejano de los gallos. Grillos e insectos sonoros pululando entre las flores y los matorrales.

Me encuclillo, despacio, con cuidado. Sé que él está al otro lado. Me apeo a la puerta y pego la oreja. Mi reto consiste en percibir sus pasos. Me esfuerzo por definir qué hace ahora que sabe que estoy ahí, al otro lado. Porque podría pasar cualquier cosa, siempre he sentido que la madrugada es un bello retazo de film noir en donde se entremezclan cálidos destellos de paranoia, nervios y sentimientos encontrados. Es lo que siempre he percibido. Contra mi voluntad, sacrifico el deseo de permanecer ahí y vuelvo a la cama hasta que logro convencerme de que él ya no está, de que se ha ido.

Adentro, en mi cuarto, me siento confinado. No hay grietas. No hay ventanas. Y no puedo evitar que la ansiedad me domine. Tiemblo, y no es de frío. Sé que afuera está él, libre, intacto. Y doy vueltas en la cama. Y la puerta me llama. Quisiera abrirla y sorprenderlo, quisiera que me viera y provocarle lo que él me provoca a mí.

Sé de su inquietud. Él desea lo mismo, pero sabe que sus pretextos son demasiado insignificantes para inmiscuirse de esa forma en mis noches. Sabe que no es nadie para agregarle más temores a mi existencia. Sabe que me descompongo con ese tipo de sorpresas. En su lugar, tampoco yo me atrevería a tanto.

Los muchos días que he amanecido en posición fetal junto a la puerta, acurrucado, con la nariz congelada y los pies entumecidos por el hielo de la madrugada, he podido verlo en sueños. Gratas son las ocasiones en las que su rostro se acerca a mí y puedo contemplarlo. Un suspiro familiar me enerva. Allí están sus dudas, sus ojeras, su tristeza, sus dientes torcidos, su horror, su caspilla en las cejas, su insomnio y su nariz pronunciada. Veo sus manos, son pequeñas. Prefiero su rostro. No tiene párpados, sólo ojos. Embrión de búho en permanente alerta, parece verlo todo, sobreexcitado y a la vez tranquilo.

Es él; lo sé. Soy yo; lo sabe.

Es el mismo que camina parsimoniosamente por el corredor como un centinela. Sus casi imperceptibles muecas lo delatan y lo traicionan para que su miedo sea público. Supongo que yo soy el único testigo de todo esto. Si contarlo es adulterar lo que sigo considerando íntimo y trascendente, me importa poco. La aparente lógica de los sueños, si la hay, es engañosa. No hace falta que lo diga. Por eso, al final he decidido aplacar la emoción de los oníricos encuentros y olvidarme de ellos.

En vez de irse, se encuclilla y se apea a la puerta. Abrir la puerta. Arriesgarse. Una cuestión de valentía.

Salgo otra vez de la cama y lo imito.

Noto su respiración junto a la puerta. Él nota la mía. Quizás igual o más agitada. Dos mundos apeados a un espacio que es entrada y que es salida.

¿Qué haría si nos viéramos frente a frente? ¿Intentaría doblegarme con la mirada? ¿La desviaría? ¿Sonreiría como un buen samaritano y alargaría su mano para tocarme? ¿Me escupiría asqueado por tan poca o demasiada similitud de nuestros rasgos? ¿Buscaría consuelo como un niño herido y vapuleado por el peso de una infancia fantasma? ¿Intentaría golpearme? ¿Enmudecería
 aún más?

Todavía no puedo creer que elevar mi brazo hasta el interruptor para encender la luz haya sido algo tan intenso. Un crimen sin pensar. Una novatada. La luz se filtra por las rendijas de mi puerta. Él lo nota. Su cuerpo reacciona. Su respiración se acelera. Él sabe que soy yo, el mismo que oye sus pasos detrás de la puerta. Supone que pretendo abrir la puerta, pero no hace nada. Sus músculos se tensan. No se mueve.

Al igual que él, sin moverme, temo las consecuencias. Supongo que en cualquier momento se levantará y huirá entre los matorrales del patio, saltará la pared y correrá por la calle. Supongo que forzará la puerta e intentará plantarme cara. Supongo que querrá que llegue de una vez el momento y nos encontremos.

Pero la puerta no puede abrirse así, con el temblor que ahora nos invade, con esas lágrimas que empiezan a aparecernos en los ojos. De pronto sucede: las acciones escasean, el frío parece aterir al verbo y la madrugada se extasía de estática y silencio. Entonces apago la luz y vuelvo a mi cama. Afuera, me levanto y desaparezco entre los matorrales. La luna alumbra el corredor, la puerta, las losas humedecidas.

Alguien dispuso que fuera absurdo abrir la puerta y encontrarnos.

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