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La historia de las dagas

La historia de las dagas
Ilustración: Alejandro Azurdia/s21

El viejo Karl Sonderson recibió el primero de los afilados regalos que llegó a guardar con profundo celo, como si se tratase de un hermoso monumento a la memoria, cuando todavía era un iletrado niño pendenciero. En aquellos días –afirma el curioso investigador de tramas y escritor de entremeses– los filosos objetos con que sus allegados lo halagaban no pasaban de ser pequeñas dagas de hoja corta. De hecho, Sonderson recuerda, no sin un dejo de nostalgia al relatarlo, que la pieza que engalanaba su colección de juventud era nada más y nada menos que un espléndido sicarius.

Por alguna razón sobre la cual el viejo Sonderson lucubra hasta hoy, las navajas cortas y las pequeñas dagas dieron lugar a cada vez más peligrosos artículos cortantes y puntiagudas dádivas; pero lo más extraño era que todo esto sucedía de manera inversamente proporcional al aumento de la templanza del otrora belicoso autor de breviarios y poemarios que nadie jamás leyó. De tal suerte que cuando pasó de la infancia a la adolescencia, un viejo amigo lo agasajó con un facón, muy parecido –asegura Sonderson– a los que uno imagina al deleitarse con la lectura de la literatura gauchesca.

Delicados floretes y temibles puñales colgaban de las paredes de la sala de estar de la austera casa de Sonderson. Era entonces cuando el noruego amante de los canes ingleses y alemanes se transportaba con su fértil imaginación a un castillo medieval, ya que todo aquello (nos referimos, por supuesto, a la colección de esos bellos y letales objetos) hacía de su parca vida una aventura que distaba mucho de ser aburrida. Así que con su característica ingenuidad, colmaba de gentiles palabras a quienes le llevaban a casa una de aquellas afiladas, como ya dijimos, dádivas (palabra que curiosamente guarda relación con el latín debitum).

Los años transcurrieron, y Karl Sonderson trataba de llevar el ritmo de los acontecimientos haciendo múltiples anotaciones por aquí y por allá, hasta el punto de verse obligado a comprar las libretas directamente a los fabricantes, y en enormes cantidades, hemos de agregar. Eso se debía a que era de suma importancia guardar un registro de aquellos elogios que tanta gente de todos los orígenes –desde los nacidos en noble cuna hasta prójimos de dudosos abolengos– con que el viejo Sonderson era festejado.

Sables, espadas de doble filo y otras bellas invenciones salidas de las más diversas forjas colgaban ahora hasta de los muros del refectorio, donde antes no había más que una apolillada mesa de pino y dos sillas (una para él, quien vivía solo, en su literario retiro, y otra para agradecer con el departir de los alimentos a quienes le entregaban tan útiles instrumentos). Se afirma, incluso, que Sonderson llegó a ser el propietario legítimo de la verdadera Tizona. Pero, finalmente, una mañana calurosa de junio, el curioso erudito recibió una enorme catana que desde entonces llegó a ser su más preciada pieza.

No obstante el gusto que le causaba darse cuenta de que para muchos él era sumamente importante, una tarde de otoño, el vikingo de canosas barbas cayó en la cuenta de que el obsequio de más reciente recepción desentonaba con el resto de las plateadas hojas. Se trataba de una guillotina. Por lo que decidió deshacerse de su colección, pues, aunque muy querida, era ya una enorme carga, un lastre y ostentoso aparato que no se adecuaba a su retiro y rigurosa vida.

Es por tales razones que desde hace poco tiempo, el Smithsonian Museum se enorgullece de abrir dos veces al año sus salones en Washington para mostrar al público la más deliciosa colección de estos instrumentos, que suelen estar menos afilados, sin embargo, que las lenguas de muchas notables personas.

Ciudad de Guatemala, 1 de diciembre de 2011

Fotos

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    Ilustración: Alejandro Azurdia/s21

Recuadros

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  • Julio Santizo Coronado

    Escritor guatemalteco (1965). Ex piloto aviador privado, revisor de pruebas y corrector de estilo. Estudió Letras en la Usac. Publicó Poesía incompleta (abril de 2012, 45 páginas), trabajos escritos entre 1990 y 1993, y finales de 2002, 2003 y 2011. Historia de las dagas forma parte de Relatos para la pira (cuentos, inédito), relatos que giran en torno al personaje de ficción Karl Sonderson.

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