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Julio Serrano Echeverría

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Retazos de carbón, un poemario q’anjob’al – español

Julio Serrano Echeverría escribe acerca de un poemario q’anjob’al – español.

Yetoq’ junjun b’ijan aq’al / Con pedazo de carbón, de Sabino Esteban Francisco. Poesía, Editorial Cultura. Edición bilingüe q’anjob’al-español. 136 pp.

Retazos de carbón, un poemario q’anjob’al – español
I: Alejandro Azurdia

Theodor Adorno alguna vez indicó que “escribir poesía después de Auschwitz es aberrante”. Luego, en algo de distancia histórica el también filósofo Slavoj Zizek responde: “La prosa realista fracasa donde tiene éxito la evocación poética de la insoportable atmósfera de un campo [de concentración]”. Tenemos así, desde una perspectiva europea, el resumen de una discusión acerca de la escritura (creación) y la historia (posguerra). En Guatemala falta recorrer aún un largo trecho para dar nuestras propias respuestas a preguntas que todavía estamos formulando. Sin embargo, podemos afirmar categóricamente que seguimos escribiendo, que la poesía sigue su rumbo transgresor del lenguaje y que Sabino Esteban lo lleva al papel utilizando “en vez de lápiz/ retazos de carbón”.

Sabino Esteban Francisco (Pueblo Nuevo-Ixcán, 1981), creció entre los campos de refugiados en Chiapas y las Comunidades de Población en Resistencia. Actualmente es maestro en su poblado natal. Publicó en 2007 el poemario Sq’aqaw yechel aqanej /Gemido de huellas en Editorial Cultura, misma casa que recientemente publicó Yetoq’ junjun b’ijan aq’al / Con pedazo de carbón.

El carbón, referencia obligada desde el título del poemario, da varias pistas para adentrarnos en la obra de este poeta. En principio la idea del verso que lo nombra, de valerse de ese material para trazar la escritura nos lleva a la que podría ser la principal característica del trabajo, la íntima e intensa relación con la naturaleza: “las ramas parecen raíces/ hundidas en el cielo/ y las raíces parecen ramas/ metidas en la tierra”, telúrico, inmerso en la vida de la tierra Sabino Esteban  nos abre una ventana a una sensibilidad que la ciudad ignora vergonzosamente: “Mi tecomate es figura/ de mi corazón,/ en él puedes beber/ mi amor de montaña.”. Nombres de la vida en pueblos que nos esperan: “YICHIKAN: /Asiento de lo alto. Q’AN  TX’OTX’:/ Donde es tierra amarilla/”. Árboles, pájaros, ríos... la poesía que permanece ahí en la naturaleza misma reorganizada y devuelta en palabras, bucólica podríamos pensar, aunque ancestral sería una idea bastante más exacta. 

El carbón también es como un pedazo de noche. El libro atraviesa dos tipos particulares de oscuridad, la de soñar es la primera. “Es salir a pasear despierto/ al otro lado del cuerpo dormido.”, o la noche en que  “se desgajan/ pedazos de cielo/ y caen en los barrancos”. El otro tipo viene más bien desde dentro del cuerpo y la memoria. “Aprendí/ a la sombra de los bosques/ el crujir de las bombas”. Es también la palabra que se hace memoria, que se hace cicatriz. “Por eso allí no anduve/ para dejar huellas en el camino/ sino para que las veredas/ dejaran huellas en mis pies”. Y volvemos a las preguntas iniciales, al cuestionamiento que en literatura y la vida tenemos todos los días al frente: ¿Cómo escribir sobre la guerra?, ¿Cómo apalabrar aquello que durante tanto tiempo fue nudo, fuego, sangre?, ¿Cómo volvemos a abrir aquellas páginas, incluso cuando consideramos no volverlas a abrir? Aunque no haya respuesta precisa para esas preguntas, sí podemos leer en este libro un gran aporte para intentar aclararlas. 

La guerra como parte de nuestras vidas, la memoria histórica no es precisamente una referencia a un libro. Es la conciencia de la relación de estos árboles, con aquellos donde colgaron los cuerpos.  Sabino Esteban propone pues una reescritura de la historia. “Y salíamos/ con retazos de carbón/ y pedazos de tabla/ a pintar otra vida/ en el dorso de esa vida”.

Leer Con pedazo de carbón es colocarnos ante una realidad cultural que nos define, por un lado en nuestra riqueza lingüística, al ver en las páginas pares el q’anjob’al y en las impares el español. Pero por otro lado queda evidenciado, en la misma imagen, esa contraposición comunicativa. Para la mayoría de guatemaltecos las palabras que están a la izquierda, el texto con su ritmo original y primigenio, es un misterio. Al centro del libro un invisible muro nos enseña dónde trazar algunos de nuestros puentes pendientes y aprender a escribirnos también con nuevos pedazos de carbón. 

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