Un punto de vista
Fue un personaje influyente y polémico
Desde hace poco más de 5 años he tenido el honor de colaborar con Siglo.21 mediante una columna quincenal. Ahora, por amable invitación de su director Gonzalo Marroquín, compartiré con los lectores una columna semanal, titulada Un punto de vista, pues se tratará simplemente de un modesto punto de vista que espera contribuir al conocimiento y debate de temas de interés nacional.
La primera columna de 2007 se tituló Honrar honra, dedicada al gran jurista y político Alfonso Bauer Paiz, ministro de Economía y Trabajo cuando fue emitido el Código de Trabajo, en 1947, quien a lo largo de su vida fue un verdadero ejemplo en materia de integridad, honradez y consecuencia con sus principios.
El personaje a quien quiero referirme en el inicio de lo que podría llamar mi segunda época como columnista, fue quien antecedió a Bauer Paiz en el despacho de Economía y Trabajo del gobierno del Dr. Juan José Arévalo. Se trata de quien a lo largo de casi medio siglo fue uno de los personajes más influyentes y polémicos de Guatemala, tanto lo periodístico como en lo político. Me refiero a Clemente Marroquín Rojas, abuelo de mis buenos amigos Gonzalo y Óscar Clemente Marroquín Godoy y también de quien fue uno de los más grandes amigos de mi vida, el licenciado Jesús Marroquín Castañeda, conocido en la Usac como Chus Marroquín, con quien compartimos jornadas inolvidables en el Frente Estudiantil Social Cristiano y fue asesinado en julio de 1980, en medio de la orgía de sangre que desató la dictadura luquista.
Don Clemente, como le decían quienes guardaban por él un aprecio especial, o Clemente, para quienes le adversaban, fue desde mis primeros años de lector, el modelo de un editorialista-columnista. Alguien cuyas opiniones no siempre se compartían, pero que no podía dejar de admirar la contundencia de sus argumentos y su enorme erudición, lo que lo convertía en el más temido polemista, condición que acrecentaba con su estilo siempre provocativo.
A esto se sumaba una capacidad de producción que aún ahora, con todas las facilidades de la computación, uno encuentra imposible de emular, pues frecuentemente llenaba con sus columnas dos páginas del formato original de La Hora, en tamaño sábana, que es el doble del tabloide que ahora utilizan los diarios impresos.
Destacó desde sus años de estudiante universitario, cuando fue uno de los más connotados dirigentes del Club de Estudiantes Unionistas y uno de los redactores del periódico El Unionista, voz oficial del Partido Unionista, con que inició su trayectoria en el periodismo nacional. Según narra en sus memorias otro gran personaje de nuestra historia, el líder obrero unionista Silverio Ortiz, fue de los pocos estudiantes que empuñaron las armas contra las fuerzas cabreristas durante la semana trágica de abril de 1920.
Fundó La Hora en 1920, durante el breve gobierno de Carlos Herrera. El diario vivió otras dos épocas, antes del largo exilio que padeció durante la dictadura de Ubico, luego que para oponerse a su candidatura le dedicara una serie de artículos titulados Desnudando al ídolo. El espacio no da para más, pero entre otras facetas de la vida Marroquín Rojas cabe destacar la de historiador, con dos excelentes obras, escritas en la década de los años 20: La Bomba y Los Cadetes, sobre los fallidos atentados contra Estrada Cabrera, y Francisco Morazán y Rafael Carrera, que fue el último libro publicado por entregas en un diario guatemalteco. Así como la de literato, pues con su novela En el corazón de la montaña, de 1931, fue el pionero en Guatemala en cultivar el género criollista, que prevaleció durante muchos años en nuestra literatura
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