El manual de la noche
El dragón de agua
Acaso la mejor definición de país que tenemos es que es una correntada. Somos un gran deslave como esos que miramos en las noticias esta semana. Venimos del agua y hacia el agua vamos. Dando hilo a la idea, Estados Unidos contiene al Misisipi, río de largo aliento que lleva en su cauce un espíritu grande como su ingenuidad.
El agua congelada de los glaciares de la Europa nórdica habla mucho de su carácter: un lento pero seguro devenir de líquido solidificado que lima la piedra. La India con el Ganges, esa millonada de metros cúbicos que se pierde desde los Himalayas al Océano Índico. Tudo Brasil baila samba con el Amazonas.
Nosotros no. Los guatemaltecos somos un río seco que se incendia —es decir—, se inunda cada temporada. Y allí acontece la tragedia y la belleza, porque se acarrea con la ribera, con todo lo que protegemos y queremos.
El espíritu nacional es una cuenca seca, peligrosa e inestable. Gana Guatemala o clasifica a un mundial, le prenden fuego a las patrullas. Tan exagerados, que por un celular se mata. Tan tristes, que la marimba no deja de llorar. La gente asesina para proteger a sus políticos, siendo tan poca cosa ellos.
El arte se maneja en esa corriente, se produce por oleadas, se escribe por furia. Es difícil encontrar placidez en la expresión de un pueblo que a través de su historia ha sido dragado, desviado, represado, contaminado.
Los artistas reproducen ese látigo del ser chapín, que dista mucho de la postal basura que venden los productores de TV nacional. Puedo sentir la potencia en el pecho de Cardoza y Aragón, la escultura de agua que hizo Efraín Recinos nombrada en honor del témpano que es Asturias. El tronar de ramas de la música que baja de la montaña conocida como Joaquín Orellana. Electromístico David Marín.
Hay tal necesidad de llegar al mar —es decir, la paz— que se cree en luciérnagas pop, acontecimientos pasajeros, nos escondemos en la tecnología y en la campaña política. Hacemos caso omiso que arrastramos troncos, piedras, el lodo de la ignominia y la vergüenza de tenernos. ¿Se nos puede culpar de eso? No más que al Nilo de criar cocodrilos.
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